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«—Estoy segura de que no soy Ada —dijo—, porque ella tiene bucles largos y yo no tengo ni un solo rulito: y estoy segura de que no puedo ser Mabel, porque yo sé un montón de cosas y ella… bueno, ¡ella sabe tan poquito! Además ella es ella y yo soy yo, y… ¡Ay, Dios mío, qué difícil es entender todo esto! Voy a hacer una prueba, a ver si sé todas las cosas que solía saber. A ver… cuatro por cinco es doce y cuatro por seis es trece y cuatro por siete es… ¡ay no! ¡Así no voy a llegar nunca a veinte! Pero la tabla de multiplicar no significa nada; vamos a probar con geografía. Londres es la capital de París y París es la capital de Roma y Roma… ¡ay, no, está todo mal! ¡Estoy segura! ¡Deben de haberme cambiado por Mabel! Voy a recitar ¡Cómo aumenta la abejita! Y Alicia cruzó los brazos sobre la falda, como si estuviese dando lección y empezó a repetir la poesía. Pero la voz le sonaba ronca y extraña y las palabras no parecían fluir del modo habitual:

¡Cómo aumenta el cocodrilo
el resplandor de su cola
derramando agua del Nilo
sobre todas sus escamas!

¡Qué sonrisa tan alegre!
¡Qué zarpazos tan sutiles
cuando recibe a los peces
con mandíbulas gentiles!

—Estoy segura de que esas no son las palabras correctas —dijo la pobre Alicia, y se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas mientras seguía hablando—. Y sí, debo de ser Mabel, y voy a tener que irme a vivir a esa pocilga, sin juguetes y, ¡ay, Dios!, siempre llena de lecciones para estudiar. ¡Ah, no! Estoy decidida: ¡si soy Mabel me quedo aquí abajo! Y de nada va a servir que asomen sus cabezas para mirar hacia el fondo y digan «¡Vamos, sube, queridita!». Lo único que voy a hacer es levantar la cabeza y preguntar: «¿Yo quién soy? Primero díganme eso y después, si me gusta ser esa persona, salgo; si no, me quedo aquí abajo hasta ser otra» pero ¡ay, Dios mío! —gritó Alicia con un súbito acceso de lágrimas—. ¡Cómo me gustaría que asomasen las cabezas! ¡Estoy tan cansada de estar sola aquí abajo!»